martes 4 de marzo de 2008

De la flor que se secò

Una mañana me despertè pensando en lo mucho que quisè aquella flor que sembrè en el viejo jarròn de la abuela y que se secò hace tres semanas cuando regresaba de aquel viaje al pueblo vecino donde comprè castañas tostadas y queso fresco.

Ella -mi abuela- era muy dulce, ahora tiene cierta dureza del alma, mis padres piensan que es porque en su juventud se le rompiò un pequeño relicario donde guardaba el nombre escrito de su amor màs preciado. dicen que era de oro, con pequeños narcisos, dos querubines y un listòn de razo de seda azul celeste, con el cual se lo ataba a la muñeca, nunca le gustò en el cuello, pues decìa que a veces ese amor de lo pesado que era la ahorcaba, por lo que preferìa tenerlo en la muñeca, donde simbolicamente siempre lo tendrìa tomado de la mano.

Nunca lo conociò, simplemente un dìa apareciò, cual floreciente sentimiento de un anhelo jamàs alcanzado. Ella se apretaba el pecho con ambas manos, porque temìa que su corazòn se le fuera a salir, para buscarle ansiosamente por entre la hierba crecida de la pradera, entre las aguas heladas del rio, en las calles angostas del pueblo. Todas las noches lo soñaba, que la acariciaba con la luz de sus ojos mansos y profundos como el atardecer calido de marzo, su nombre era misterio, era cielo, era bosque, su nombre era la pasiòn dormida en los dulces labios de aquella joven de lejana armonìa, sin sosiego, en sobresalto, ella siempre enamorada de un caballero, un forastero, un hombre sin rostro y sin identidad, pero que en algun lugar, en algun tiempo y espacio estaba esperandola, para amarla con la intensidad embravecida del mar.

Pero pasaron los años y murieron los sueños y los sobresaltos.

Ahora mi abuela cocina sopa de lentejas, nos peina y adorna las cabelleras con estrellas de plata, nos cuenta historias que le contaban de niña, cuando se podìa creer aun en magia y dragones de brillantes colores flotando en las cuevas que estan debajo de la casa.

Recuerdo aquel dìa como si fuese hoy, con sus ojos cansados, mirando sus dedos agrietados por el tiempo, permaneciò con la mirada fija en un punto entre la ventana y el peral del jardìn, donde dos avecillas hacìan nido y dijo para si misma:

Hoy en dìa entregar el corazòn, es como dejarse conducir al matadero...

Pues alla afuera se han convertido en asesinos del amor, que comercian con su carne y su sangre, despuès de matarle, se ponen la salea, vistiendose con ella pretendiendo estar envueltos de un sentimiento que nunca han tenido.